¡Ten compasión! – parte 1

A veces vivimos en medio de una pueblo cristiano que no conoce o no utiliza la palabra compasión.

Estamos tan acostumbrados a ser duros con las personas, a darle la espalda a los que pecan y son descubiertos, a desechar a aquellos que ya no nos son útiles y convertimos sin darnos cuenta el cristianismo en “club exclusivo para perfectos”.

Yo no soy perfecto, pero si soy perdonado y estoy siendo transformado cada día de mi vida y esa obra que Dios comenzó cuando le abrí mi corazón terminara el día en el que Él venga por nosotros.

Siendo sincero a mi me costo mucho poner en practica la palabra compasión, crecí en un ambiente cristiano en donde me exigían sin que se viera como tal.

Que fuera perfecto en todo, en mi manera de vestir, de hablar, de comportarme y hasta de peinarme el cabello, era una insistencia tal que al ver que otros no cumplían con dichos requisitos tendía a pensar que no eran cristianos o que no habían tenido un encuentro real con Dios.

Fui muy duro con algunas personas que “no daban la talla”, según yo, hoy en día me doy cuenta lo equivocado que estaba, lo duro que fui sin tener razón alguna para serlo y los errores que cometí pensando en su momento que hacia lo correcto.

A veces con nuestros inventos sobre la vida cristiana lo único que hacemos es cerrarle la puerta a las personas para que conozcan de Jesús.

Ya que al inventar un Standard tan elevado de vida cristiana lo único que hacemos es que la gente se de cuenta que no podrá llegar a “ese nivel” que predicamos y con ello lo que la gente hace lejos de acercase a Dios es alejarse y darse cuenta que no pueden pertenecer a ese grupo de personas “súper perfectas”.

Vivamos cada día sabiendo que cada uno de nosotros tenemos áreas difíciles de sobrellevar que a lo mejor no son publicas pero si privadas, por ello tengamos compasión los unos de los otros, en lugar de criticarnos entre nosotros, ayudémonos a salir adelante de todo y con ello agradar a Dios.

Si ves a alguien que ha caído, no lo pisotees ni lo ignores, detente, extiende tu mano, levántalo, ayúdalo a curar sus heridas y llévalo nuevamente a la cruz del calvario para que Cristo pueda restaurar esa vida nuevamente y por completo, entonces allí comenzaras a hacer lo que Dios quiere que hagamos nosotros sus hijos, pues somos hermanos e hijos de un mismo Padre, tratémonos y vivamos como tales.

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