¿Cómo afrontar la enfermedad? parte 2

Primero: Puedes afrontar la enfermedad quejándote, echándole culpas a Dios, sintiéndote defraudado y hasta dudando de la existencia de Dios.

Hay una gran cantidad de gente que cuando se enfrenta a la enfermedad pierde su fe, y la pierde porque “confió” en Dios en que iba a sanar y no sano.

Hay algo que tenemos que entender, yo no confió en Dios porque espero que Él haga todo lo que yo le pida, confió en Él porque sé que Él tiene cuidado de mi, ya sea acá en la tierra o en lugar que me tiene preparado para el día de mi partida de este mundo.

Mi confianza en Dios no depende de mi estado de salud, ni de una respuesta que espero que me conteste si o si, sino de lo que Él ya hizo un día muriendo en mi lugar y dándome la oportunidad de ser perdonado de mis pecados y comenzar una nueva vida que antes no tenía.

Si tu eres una persona que cree que Dios tiene que obedecer a todo lo que pidas estas muy confundido, porque Dios no es nuestro siervo que tiene que hacer todo lo que le digamos, él es nuestro Señor y nosotros somos los que debemos someternos a sus decisiones.

Lo peor que puedes hacer en medio de la enfermedad es perder la fe, a veces las enfermedades que afrontamos son consecuencias de nuestros malos hábitos.

Otras son enfermedades hereditarias y otras que ocurren sin tener un origen claro son parte del repertorio de enfermedades a las que podemos optar en este mundo, pues recuerda que aunque somos creyentes seguimos siendo humanos y nuestro cuerpo puede padecer cualquier enfermedad.

Enfrentar la enfermedad quejándote y echando culpas puede ser el peor fin que un ser humano puede tener, pues más allá de morir de una enfermedad lo peor que puede haber es morir sin fe y sin una esperanza.

Segundo: Puedes afrontar la enfermedad con tu fe intacta y con tus ojos puestos en Jesús. Quizá muchos que pasen enfermedades tendrán el privilegio de ser sanados por Dios, otros a lo mejor no tendrán ese privilegio, pero el mayor privilegio que podemos tener en este mundo es mantener nuestra fe intacta en medio de cualquier circunstancias.

Cuando entendemos que la enfermedad es un proceso por lo que todos los seres humanos pasaremos, comprendemos también que no vale la pena renegar o echar culpas, sino más bien afrontar lo que viene confiando en Dios, pero confiando no solo en una sanidad si es que se llegará a dar, sino también confiando en que si no llegamos a sanar tenemos un mejor lugar junto a nuestro Señor y Salvador.

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